Después de medio siglo, y ante la evidente incapacidad de la economía socialista para hacer progresar al país, el sucesor en el poder, Raúl Castro, acaba de tener una idea "original" para salir de la crisis: despedir a más de un millón de empleados para aliviar el gasto público y estimular al sector privado. ¿Significaría esto que la dictadura castrista estaría promoviendo el emprendimiento o la iniciativa personal? Nada más lejos de la realidad. Simplemente se trata de un recurso desesperado para intentar sostenerse en el poder el mayor tiempo posible, imitando quizás el controversial modelo chino.
Las empresas estatales cubanas (casi el 100%) no funcionan desde que se crearon hace más de 50 años al calor de la dictadura del proletariado. Sus trabajadores se roban gran parte de lo que éstas producen para subsistir, pues sus salarios -unos 30 dólares mensuales- apenas les alcanzan para comprar los insumos básicos de la cada vez más cara canasta familiar.
La poca eficiencia de las empresas públicas, la casi inexistencia de un sector privado y la escasa inversión extranjera en la isla, han hundido a la economía cubana en un caótico e inoperante abismo que parece no tener salida, aumenta el descontento popular y amenaza la existencia misma del régimen castrista.
Esto explica el porqué Fidel Castro acaba de permitirle a su hermano Raúl la legalización de unos 178 tipos de pequeños negocios que deberían lograr absorber a los nuevos y numerosos desempleados estatales. Aunque, eso sí, las grandes industrias, fábricas y recursos nacionales proseguirán en manos del gobierno para asegurar el poder.
Sin duda, fomentar la "libre empresa" en Cuba es un buen negocio para extender temporalmente la permanencia de la dictadura. Por un lado se libera de la pesada carga de tener que mantener a miles de empleados públicos, mientras que por el otro pasará a cobrarles altísimos impuestos de hasta un 50%, al forzarlos a convertirse en trabajadores por cuenta propia.
No obstante, esta especie de Capitalismo de Estado raulista podría resultar contraproducente a largo plazo para la tiranía, porque si bien por un lado contribuye a aliviar el gasto público y recaudar millonarios tributos, por el otro generará cierta concentración de riqueza en manos privadas y un "peligroso" sentimiento de independencia personal que pronto podría convertirse en una seria aspiración ciudadana de conquistar el poder que la familia Castro y sus allegados guardan celosamente para ellos.
